La vida sin tiroides: reto España

Estando en mi peso ideal y soñado, con los pantalones que me quedaban grandes, con una cintura sin protuberancias (lonjas), con el cachete discreto llegó otro sueño que se hacía realidad: irme de intercambio un semestre a Madrid. Quienes han vivido esta experiencia ya se podrán imaginar lo que se me esperaba, pero yo, una mente joven e inocente me embarqué en esa aventura sin siquiera considerar lo que estaba arriesgando. Aún me acuerdo lo feliz que iba en el avión pensando, “puedo hacerme bolita sin que se me entierre el botón del pantalón en la lonja, ¡gracias, Dios!” Ja. En lo que nos instalábamos y teníamos un refrigerador decente, nuestra alimentación consistió en tazones de cereal y sandwiches. ¡Pero no engordé, al contrario! Como caminábamos para todo, porque aún no sabíamos las rutas de los camiones, hasta bajé un poco más de peso. No podía con tanta felicidad. Pero un par de meses después, mi curiosidad me jugó una travesura muy grande. Descubrí la ruta de camión que me dejaba en la puerta de la escuela y en la esquina de mi casa. Ese sí fue el acabose pues al mismo tiempo descubrí las napolitanas, un delicioso pan hecho de pasta hojaldrada sin reparo en la cantidad de mantequilla, relleno de chocolate que vendían en la cafetería de La Complutense a muy bajo precio. En otras palabras, ¡descubrí mi nuevo Gansito versión española, joér! Y pues todo lo que me quedaba grande me empezó a quedar bien, luego justo, luego apretado, luego no me cerró, luego regresé a México donde mi mamá me recibió con un: “¡tus cachetes brillan de gordura!” Y la historia volvió a empezar. 

En el próximo capítulo: me enamoré.

Will you start recapping Revenge again, please?????????????????????????????

entertainmentweekly:

Only if you ask with more question marks.

Qué hacen los malditos flacos para estar flacos – La vida sin tiroides

Así como los junkies se las arreglan para encontrar las drogas más exóticas y se tropiezan con los dealers más eficientes, así yo, estando en la universidad, me topaba con todas las que estaban a dieta. Y cuando veía resultados en alguna, le pedía el teléfono del nutriólogo, sanador o santo en cuestión. Fue así como llegué al consultorio del doctor Bolio, famoso por su programa de dieta en donde “adelgazabas comiendo”. El gancho que me atrajo fue que en el régimen incluía ¡Gansitos! (¿Sabes qué, Bimbo? Deberías patrocinar algo en este blog). Así que fui, sin decirle a mis papás porque no me iban a creer hasta que me vieran realmente comprometida y si era posible con un par de kilitos menos, ¡para que se notara que estaba funcionando! Así que ahorré mi lanita (el doctor este no tenía una clínica de cobrar baratas las consultas) y fui. Me midieron hasta el meñique, creo. Me dieron una dieta para una semana que alargué a dos porque no iba a alcanzar a juntar para la siguiente consulta. El nuevo régimen no incluía Gansitos pero la esperanza que algún día los tuviera fue mi aliciente. Entonces llegué a mi casa y le dije a mi papá cómo tenía que prepararme mi sandwich del diario, (sí que oso en la universidad todavía me mandaban lunch, ¿y?). Los resultados se vieron a las dos semanas: buen humor, apareció la cintura y los cachetes intactos, como debe ser. Y en el primer comentario acerca de mi pérdida de peso, le conté a mi mamá todita la verdad. ¡Cha-cha-cha-chán! ¿Su reacción? Se apuntó para la próxima cita y en la siguiente, hasta fue mi papá. Toda la familia unida en una dieta, eso es integración y no payasadas. Al cabo de los seis meses estaba en el límite superior de mi peso ideal, ¡éxito total! ¡Y comía Gansitos! (Es la parte del reality en la que uno llora poquito). 

En el próximo capítulo: reto España.

La vida sin tiroides: soy una gordita feliz (ajá).

Después de mi primer rotundo fracaso dietístico, me fui a la siguiente ventanilla: el autoconvencimiento de que soy una gordita feliz, de que me acepto como soy, con mis lonjas, mi panza, nana, buche y nenepil. Y la verdad, la verdad es que no. Entonces opté por vestidos corte costal que ocultaran todas las curvas, las buenas y las malas. Un poste parejo que apareciera en todas las fotos, así, según yo, no había pierde. Y uno se lo cree. Se siente uno muy segura, muy convencida y pues no. La verdad es que hubiera sonreído con más ganas en todas las fotos si supiera que abajo de esa sonrisa estaba el cuerpazo de mis sueños o el vestido ese luciendo las curvas de las buenas. Y en ese ir y venir de si está padre – no está padre, llegué hasta la universidad. 

Próximo capítulo: qué hacen los malditos flacos para estar flacos.

There must be somebody up above sayin’ “Come on, Brittany, you got to come on now! You got to hold on…”

Hold On, Alabama Shakes.

La vida sin tiroides, parte 2: la primera dieta.

Cuando iba a cumplir 15 años y las -entonces de moda- fiestas de noche con valses incluidos empezaron a llegar, me enfrenté ante el primer trauma que viviría conmigo por el resto de la eternidad: buscar vestidos. Y es que a esa edad, o al menos en mis tiempos, uno aún conservaba babyfat mezclado con las incipientes formas femeninas que resultaban en un cuerpo que no se adaptaba a los cortes de mujer adulta ni mucho menos a los de niña. Recordemos que antes las tweens y las teens no tenían categoría propia en la línea de productos y se asumía que uno saltaba de “niña a mujer” como en Quinceañera. Entonces mi lógica básica me dictó que para que un vestido se me viera mejor y lograra salir de las tiendas con la misión cumplida más rápidamente, tenía que bajar de peso. (Uno le adjudica poderes milagrosos a la flacura). Mi mamá recientemente había sido diagnosticada de hipotiroidismo por lo que empezó una dieta especial que la hizo perder los 12 kilos que tenía almacenados desde su último embarazo. Eso me inspiró (tanto como ahora me inspiran las temporadas de The Biggest Looser) para ponerme a dieta. 

– Mamá, me quiero poner a dieta. 
– Las dietas no son de un ratito, son hábitos que tendrás que adoptar por el resto de tu vida. Si estás convencida y dispuesta, te ayudo, si no, vuelve a hacer ejercicio y baja poco a poco.
-Ok, regreso al rato.

Después de pseudo-pensarlo, regresé y quesque muy convencida le dije a mi mamá que sí, que estaba dispuesta a dejar de comer como lo hacía con tal de lucir esos vestidos que se veían increíbles en el aparador. Empecé una dieta baja en carbohidratos, baja en comparación al Gansito diario que me comía. Sí, bajé de peso pero estaba de muy mal humor. Las hormonas adolescentes hacen corto circuito con las dietas. 
Tiempo de duración: DOS meses
Tiempo estimado de rebote: DOS semanas.

El próximo capítulo: soy una gordita feliz (ajá).

When I say “I love you,” its not because I want you or because I can’t have you. It has nothing to do with me. I love what you are, what you do, and how you try. I’ve seen your kindness and your strength. I’ve seen the best and the worst of you. And I understand with perfect clarity exactly what and who you are.

Joss Whedon (via thelovewhisperer)

Yes.